martes, 7 de abril de 2015

De los porqués


La pregunta es por qué hemos de dejar de querernos sin querer hacerlo;
por qué no vienes conmigo hasta que se nos acabe el amor y no al revés;
por qué estás pero los dos pensamos en cuando no estés;
por qué siempre vas a estar aunque no siempre puedas;
(por qué siempre vas a estar);
por qué podría darte las gracias por lo que me has hecho llorar
-y por todo lo demás-;
por qué nunca ha sido verdad que no funcione, 
pero yo no sé responderte.

"Calla, que me da mucha pena."


martes, 3 de febrero de 2015

De por qué necesitamos que las palabras nos maten

De por qué necesitamos que las palabras nos maten

“La verdad es una hueste en movimiento de metáforas, metonimias (…), una suma de relaciones humanas que han sido extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes” Nietzsche
                                                                                                        
La sociedad escoge la palabra adecuada para calificarnos –a nosotros, a nuestras relaciones y aspiraciones- sin importarle que las posibilidades sean infinitas: no hay una persona igual que otra (ni una relación igual que otra), pero a todas las metemos en el mismo saco.
El lenguaje nos ayuda a comprender el mundo; necesitamos las palabras para entendernos entre nosotros. Si no pudiéramos hablar, la comunicación sería mucho más difícil. Podemos definir fácilmente las cosas que entendemos: todos sabríamos explicar lo qué es una sopa de verduras. En cambio, ¿quién se atreve a definir, por ejemplo, el amor? ¿o el miedo a la muerte? ¿o la soledad? ¿o el egoísmo?

De por qué nadie debería definir el amor

Quizá el problema resida en que, como no somos capaces de explicarlo, aceptamos lo que nos dicen. Así, vivimos con ideas recogidas de la religión, de la sociedad –con todas las influencias que cada tipo de sociedad recibe-, de las películas y, en definitiva, de personas que nada tienen que ver con lo que somos.
El amor verdadero, dicen, es aquel que sobrevive a todos los conflictos y que dura –o al menos debemos recordarlo- toda la vida. La persona amada es aquella sin la que no concebimos la felicidad. Pues bien, es mentira: el amor, en el momento que creemos sentirlo, ya es verdadero. Y nadie es imprescindible. 
No deberíamos creer en las palabras y en las afirmaciones categóricas a menos que vayan acompañadas de un “En realidad es más complicado” o un “Tampoco yo lo entiendo” Todo porque las palabras solo intentan explicar lo que nunca entenderemos.
Es cierto que las cosas parecen más reales –y más simples- si les ponemos nombre. Y así, interiorizamos normas como estas: “somos novios porque nos queremos mucho”; “no etiquetamos la relación porque tenemos miedo al compromiso”; “las relaciones a distancia salen mal”; “las parejas que no están en serio no funcionan”; “¿cómo vas a quererlo si lleváis unos pocos meses?”; “debiste quererlo mucho porque estuvisteis muchos años juntos”…
Me asusta que la sociedad tenga que juzgar mi manera de querer en función de unas reglas que ellos mismos establecen. El amor es algo tan relativo que en un momento puedes creer sentirlo y al cabo de un tiempo estar seguro de que no existió. Y puedes querer a alguien con la misma intensidad –en un momento concreto- que a otra persona con la que quizá pases toda la vida.
No creo en el amor de mi vida. Sí creo que habrá una persona que te marcará más que las demás. Pero puede que no sea con la que pases más tiempo, ni siquiera a la que más hayas querido en términos absolutos. Creo en los amores de mi vida –y seguramente uno de ellos sea mi madre- a los que habré querido de mil maneras distintas.

La apariencia bien organizada: el caos va por dentro

No es que nadie te entienda. Es que nadie debería intentar entenderte. Hay cosas que están hechas para verlas, disfrutarlas, amarlas. Así, el arte, el amor, la belleza…
El amor tranquilo; la rutina. El amor en guerra y esa persona con la que nunca podrás estar pero por la que te vas a hacer añicos una y mil veces. El amor cobarde. El que no comenzó… Vosotros podéis meterlos en los sacos que queráis. No os pido que dejéis de ponerle nombre a las cosas. Yo tampoco lo voy a hacer. Lo único que quiero es que no perdamos lo que diferencia a cada persona y a cada relación por atribuirle una etiqueta.
Necesitamos las palabras para comprender el mundo, aunque la realidad tenga muchos matices que el lenguaje no puede reflejar. A lo único que contribuyen las etiquetas es a tener la apariencia bien organizada: el caos va por dentro. Las palabras nos matan. Pero necesitamos que lo hagan.

sábado, 31 de enero de 2015

La teoría de la soga

¿Cuál es la diferencia entre una cuerda y una soga? A priori, que sirven para cosas distintas. Nunca podrás atar un paquete con esta última: el nudo se desharía; en cambio, nadie puede hacerte daño estrangulándote con una cuerda. Es por eso que os hablo de la teoría de la soga; de cómo reculamos solamente cuando ya hemos hecho daño. El tira y afloja –el juego de la soga- es algo a lo que todos hemos jugado de niños; y como en la vida, alguien pierde y cae. Todo consiste en tirar, tensar hasta que uno de los dos equipos no puede más y la suelta, intencionada o inconscientemente. En la realidad, pasa exactamente lo mismo. 

Entre dos –o más- personas se establece un vínculo y cada uno acepta un papel; al mismo tiempo, ha de aceptar el del otro para que la relación funcione. Estos roles son intercambiables dependiendo de la situación, pero, en términos generales, siempre hay uno que cede; el otro: el que lleva la voz cantante. El dominante de la relación (¿si hay un dominante, debería haber un dominado?, ¿realmente tiene sentido llamarlo así?) o, al menos, eso se dice.

En una discusión cualquiera entre dos amigos, no es extraño encontrar argumentos de tipo sentimental. Chantaje emocional, que lo llaman. Quieres hacer ver que el otro lo está haciendo mal, pero no te escucha. Así que atacas, y lo haces porque funciona y porque él no se atrevería a hacerlo. El otro crea un muro y te devuelve los ataques, que tú respondes con otros más fuertes. Hasta que tu amigo se derrumba y suelta la cuerda. Y, como por arte de magia, tú comienzas a sentirte mal, tan mal, que empiezas a pensar que quizá tenía razón. Que igual te has pasado.

¡Y esas broncas con mamá en las que ella lo primero que hace es prohibírtelo todo! ¿que quieres ir a un concierto?: no; ¿que quieres irte de viaje?: no. Y te sigue chillando, como una loca, hasta que te dice algo sin pensar y te duele. Por lo que ha dicho y porque es tu madre. Es en ese momento, cuando cojeas como un cervatillo herido, cuando te pide perdón.

¡Y las parejas! Esas que no van en serio, pero en las que uno quiere y no se atreve a decirlo. Asiente como un robot cuando el otro miembro intenta explicar por qué estar así es bueno para los dos; repite las últimas palabras de cada frase y se intenta autoconvencer de ello. No lo consiguen; ni él ni la otra persona, que intuye lo que pasa pero se deja engañar: le conviene. Y sigue con la farsa hasta que el otro explota y se aleja. Es entonces cuando va detrás como un corderito, pidiendo, por favor, que tengan una relación seria. 

¡Y aquellas que deciden seguir a distancia! Quieres hacer ver que tú eres quién lo está pasando peor. Que el otro lo único que hace es disfrutar de la vida mientras tú sufres por no poder verlo. Es un sentimiento absolutamente normal y lógico: son celos. Es advertir que puede ser feliz sin ti, que nadie es imprescindible. Una máxima que no hemos aprendido todavía y que el amor romántico e idealizado no nos va a permitir aprender. Claro que puede estar sin ti, pero prefiere estar contigo. No obstante, tú sigues empeñado en que lo estás pasando peor que él. Y se lo recuerdas a todas horas.


La teoría de la soga es aplicable a una infinidad de casos. Porque no somos conscientes de que estamos tirando demasiado hasta que el otro suelta. Y a veces, de la fuerza que has estado utilizando, el que te caes eres tú. Por eso después cojeas detrás del otro. Nos gusta ser el centro de atención y somos egoístas: ¿alguien se atreve a negarlo? Queremos dejarnos querer –valga la redundancia- pero no nos atrevemos a hacerlo. Siempre tenemos la razón hasta que dejamos de tenerla. Y sí, somos lógicos, mucho, pero sólo una vez que hemos dejado que suelten la soga. Cedamos antes de que la soga se rompa.